lunes, 27 de abril de 2015

Una anécdota importada del otro lado del charco

El turf en sus entrañas cuenta con un ambiente muy peculiar, característico y por demás lleno de facetas peculiares, valga la redundancia. Por ello el mismo se nutre de una inagotable fuente de hechos, que sirven como anécdotas de todo tipo y calibre. Dentro de esa diversidad de episodios, elegimos uno de ellos, que tiene una gracia especial y que pinta de cuerpo entero a unas de esos verdaderos personajes del turf de todas las épocas, en el ancho Río de la Plata.

Hace ya unos años, tantos que quien escribe era apenas un botija, hoy cantamos gol de Gimnasia 7 1, Don Rosauro Velázquez era un frecuente ganador. Un cuidador seguro, de los que no entrenaban para cobrar a cuatro pesos. Para ubicarnos en distintas épocas, un simil de Vazón, de Pecci, de Roger Díaz, de Arturito Varela, para situar a los más jóvenes. No andaba pasando por un buen momento el hombre y todos sabemos como son las cosas, cuando hay “malaria” la gente se espanta. Más cuando esto es por dinero, el excitismo está y estuvo siempre a la orden del día. Don Rosauro había “errado” más que “Pepe el Herrero” y había quedado un solo ejemplar, que a la fuerza, era de su propiedad. Con él había intentando en Maroñas y nada, fue a Las Piedras y ni con la de Juan Cozzo, había conseguido su cometido. Venía mal la cosa y no quedaba otra que intentar en Florida. El almanaque y las posibilidades marcaban el 3 de junio como la fecha indicada. Precisamente en ese departamento se festejaba el día de San Cono, el santo del juego, había reunión turfística importante y por ende plata grande en danza. Hacia allá apuntaba Rosauro, pero lo bravo era conseguir “sponsor” para la travesía. Caminando logra un punto nuevo, un panadero confitero, como se les decía en aquellos tiempos, que estaba “virgen”. No había que errar, era el tiro del final, la única bala que quedaba en el oxidado tambor imaginario, de lo que en otros tiempos había sido un Colt 38 cromado…..La de Augusto no era difícil de conseguir y en ese entonces era buena. La misión era poner a punto al ladrón, que tantas veces había robado al pobre Rosauro. Una pasada en Maroñas de 1’3” y monedas en la auxiliar, a escondidas de los relojeros, para eso se la dio en la pista chica a las 13 en punto, con puntualidad casi inglesa. Partida final, antes del embarque de 28”4/5, desde los 1800 a los 1300, un martes cuando más trabajo había, cosa que para los hombres del reloj pasara desapercibido. Todo perfecto, ningún inconveniente, el tratamiento había comenzado a hacer sus efectos y el “bolo” de la final ya estaba en su bolsillo. Así una semana antes se fue con tiempo suficiente para que el equino tomara la cancha para él desconocida. Antes de ello por supuesto, había que pasar por la panadería y no precisamente a buscar bizcochos (facturas aca´), sino la del camión, el hospedaje y el forraje además de los gastos inherentes al tratamiento multiplicados por tres, para que la cosa no sea pasar zozobras. A la búsqueda del camionero que lo transportara, Rosauro se entrevistó con Antonio Marsiglia, el transporte favorito de la época. Pago adelantado mediante, Antonio accedió al traslado y el galpón que hacía las veces de Tattersall, recibió una semana antes a Don Rosauro y su ejemplar. Rápido a pedir una factura para el 3 de junio al hotelero de la zona, previa charla con él y aprovechando a dejar establecido que su ejemplar poco o nada tenía que hacer, pero que él un día antes lo iba a visitar y dejar el nombre de uno de “Lito” Rodríguez que venía desde Las Piedras, listo para llevarse la plata. Fíjese amigo, lo que son las cosas, ellos tienen caballada para ganar allá y yo tengo que hacer todos estos malabares para poder tirar una semanita más, que ingrato es este trabajo! Asegurado todos los detalles, al otro día luego de volver de la cancha, a la que llevó a su matungo a solo efecto de reconocimiento, encaró para la capilla donde San Cono es el santo patrono, Asegurando no ser visto por nadie, se dirigió hacia él y arrodillado le suplicó la victoria de su ejemplar. Le contó todos los desvelos, todos los dolores de cabeza que le había arrastrado y le confesó que sólo un milagro podía concretar en triunfo las posibilidades del zaino. Poco menos que dio pormenorizados detalles de todo lo hecho con él. Contó sus penurias, sus fracasos, llegó a decirle lo trajé acá porque estoy en tus manos. Este corre como loco de mañana, siempre lo hizo, pero por plata arruga como un papel de estrasa. Vengo en busca de tu milagro. Demás esta decirte que esto queda entre vos y yo, púlpito mediante, no lo sabe nadie, absolutamente nadie, ni siquiera Augusto que me dio la “chinche”. A él le dije que era para uno de Don José Díaz, que me había pedido que lo viniera a ver, porque el era un hombre serio y confiaba en mi para dársela a uno que corría el domingo y era medio maulón. Yo para esto sabía que el de José ganaría por varios, era una fija como andaba y como había corrido. Así con ese lujo de detalles se retiró de la capilla, diciendo que día a día le iba a informar todo lo que hacía su pingo. Día tras día cumplió religiosamente con su promesa. A la salida de la cancha la pasada por la capilla se convertía en su obligación. Como lo había prometido, en silencio le comentaba hasta los granos de ración y todo iba muy bien, restaba el paso de los días. Y así llegamos al tan ansiado tres de junio, miércoles para ser más exactos. Bien temprano antes de que se habilitara la capilla y previo pedido al párroco con la excusa de que su trabajo no le iba a permitir cumplir con el santo por su trabajo, Rosauro encaró su promesa formal. Frente al santo, con voz firme dijo: San Cono querido estoy en tus manos, el caballo siguió muy bien, el domingo a la noche le hice una “rajadora” de 500 con la luz de la linterna de corte, y 28”1/5, el peoncito que lo montó me dijo que no lo puso a correr. Por cualquier cosa, le mostré el reloj en 31”3/5, y rápido le agregué vos si que opinás mal botija. Acostumbrate a la horquilla, que vos a la fusta y a los breeches, no llegás ni loco. A ver si habla y me arruina el negocio. En el bolsillo derecho de mi pantalón tengo el “bolo” de Augusto, que más le puedo decir mi santo. Hagamos las cosas bien que debuto con un punto virgen que va a sacar todos los remates, cosa que los boletos me queden libres, de esos boletos, si cruza el zaino, la mitad es para mi y la otra para vos. Por favor no hables que te prometo, te lo juro, que el jueves ni bien abran la capilla, para no andar sacando cuentas, te vengo agradecer y te dejo $ 200 oro, como limosna. Eso si hagamos las cosas bien. Acá lo sabemos vos y yo. Yo no hablo, así que confío en tu fidelidad y tu milagro. Se dio media vuelta y haciendo la señal de la cruz se retiró a la cancha.

La carrera fue un monólogo, ni bien se levantaron las cintas, cazó la “mandolina” y se vino de un viaje. $ 55 de pizarras y el panadero con toda la plata de los remates. Un platal, alegría por doquier y el “arreglo” fue mejor de lo esperado. Sólo quedaron las quejas de sus colegas, que poco menos que le reprochaban a Rosauro que les había corrido con un caballo cambiado. Enojado confesó su verdad, a gritos los convenció que San Cono era milagroso, que por eso había venido a Florida, les contó todo, que le había dado la de Don Juan Cozzo en Las Piedras, que en Maroñas le había dado una que le trajeron de La Plata, de un tal Felipe Silvestre, les dijo todos y más mañana le dejo ni bien abran la capilla los $ 200 que le prometí. Bien que se los merece!!!

Al otro día Rosauro, como era costumbre, se levantó bien temprano. Cargó a su caballo en el camión y se encaminó a la capilla. Haciendo cruz con la misma había un boliche de copas donde Rosauro pasaba buena parte de sus mañanas y tardes, ni bien entró pidió una grappa doble con limón. Lo felicito Rosauro les robó la plata, mucho me alegro, le dijo el dueño. Gracias, muchas gracias, amigo y de un  sorbo se la tomó. Salió hasta la puerta y desde ahí ordenó sirva otra patrón, que tengo que ir a la capilla a cumplir una promesa. Repitió la operación de un sorbo, y rápido dijo: no hay dos sin tres, que se venga la tercera. Se fue la tercera y ya bien “entonado” encaró para la capilla. Con tal mala suerte, que había un espía que desconfiado, se le ganó en la misma para ver lo que era capaz de hacer. Firme y seguro poco menos que le dió un abrazo al santo. Los robé hermano. Les dividí la cancha. Varios cuerpos en la raya, lo único que nos salió mal el “negocio”. No salió como yo pensaba, alguien se avispó y nos primereó, pero como soy de palabra igual mi agradecimiento está. Echó manó a su bolsillo y enroscado tenía un “paquito” preparado con veinte pesos, que los dejó en su púlpito. A continuación le agradeció y le dijo conformate con esto, que las cosas no nos salieron bien. Alguien habló. Y yo te había dicho antes que yo no hablo.


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