jueves, 26 de marzo de 2015

MI HUMILDE HOMENAJE A UN GRAN JOCKEY

Omar Puentes Zignago, un uruguayo radicado en el exterior, con
mucho turf en sus retinas, nos envía una nota que, dedicada a Ever
Perdomo, fuera publicada hace 29 años en un periódico de La Plata.


IMPRESIONES DESPUES DE APRETAR EL CRONOMETRO
Diario El Día (1980)

Sin abandonar para nada -todo lo contrario- el tema de la nota
anterior referente al desarrollo de una prueba, queremos
referirnos hoy, a un jockey, que precisamente se caracterizó
por su habilidad para sacar el mejor partido posible, de un planteo
pistero.
No es nuestra intención establecer comparaciones entre
profesionales. No pretendemos dictaminar la calidad de mejor
jockey; pero si destacar condiciones de
un piloto que en el desarrollo de la
prueba, mostraba una inteligencia
extraordinaria.
Alto, demasiado alto, para el ejercicio de
esa profesión, con un físico más de
basketbolista que de un jockey, esto lo
obligaba a un constante cuidado de su
peso. Con esa elegancia indiscutida, casi
diríamos señorial, lucía una postura
clásica en todo momento, tanto cuando
realizaba el paseo preliminar como en
plena carrera.
Cerebral, calculador, siempre
encontraba el "huequito" que buscaba.
Si tomaba la delantera, conservador al
máximo de las energías de su piloteado.
Era un jinete capaz de hacer rendir en su
totalidad las fuerzas del animal que montaba. No era enérgico, pero
suplía ese déficit con la transmisión de su "inteligencia" a su
montado. El despiadado y hasta a veces inhumano régimen de
comidas a que se sometía, lo llevaba a cenar el domingo, almorzar,
ya frugalmente, el lunes y de ahí en más trote y baños turcos,
juntos con ayuno para llegar al sábado, en condiciones de actuar.
Un sacrificio enorme para poder cumplir con su trabajo. Eso no sólo
requiere dedicación, fortaleza mental que no lo lleve a caer en el
"pecado" del bife, la milanesa o el guiso tan común en los fríos días
de esos inviernos crudos.
No era de nacionalidad argentina, pero los máximos circos
hípicos del país lo vieron lucir su esbelta figura. Quizás en Uruguay
-su país natal- tuvo su mejor momento. Maroñas en la década del 50
contaba con un núcleo de jockeys de primerísima fila: fluyen a mi
memoria los nombres de Aurelio César García, Tolentino Espino,
Numan Lalinde, quizás en sus últimos años algo disminuido, pero
conservando su estilo que lo destacó como un grande, Oscar
Domímguez, Isaúl Rey, Manuel De Santis, trágicamente
desaparecido en Palermo, cuando estaba realizando una campaña
excepcional allá por el 70, Gregorio Riboira, Heber Castro y muchos
más agregándose a esos" monstruos", nada menos que un juvenil
Vilmar Sanguinetti y por si faltaba algo Julio Fajardo en su
esplendor. El año 1953, para ser más preciso, en el segundo
semestre llega de Pando un aprendiz muy ganador, que a fines de
año ya pasará a la categoría de jockey corriendo de 55 y logra el
paso a esa categoría sin poder hacer uso de su descargo. Ya había
conseguido la idolatría.
Sus fans hasta lo
consideraban con
condiciones para
pelearle el liderazgo
al mismísimo
Leguisamo.
Un exceso de euforia,
pero el público hípico
de Montevideo, muy
de "paladar negro" iba a Maroñas a ver correr al “Aguilucho”, como
lo apodara Don Julio Folle Larreta (Doncaster) desde las páginas de
su diario El Plata. El “Flaco” para otros y para los más osados
eleturf@gmail.com 7
"Rififí" aquella película excepcional que tenía como protagonista
principal a Edward Robinson, eran los motes con que se distinguían
las condiciones de un mito turfístico real y verdadero.
Han pasado ya muchos años de esos momentos de gloria y
esplendor, pero seguro estoy que si hoy, se anuncia en Maroñas su
presencia, la expectativa sería la misma. Las tribunas colmadas
aplaudirían a "rabiar" a un ídolo que ganó con creces tal idolatría.
En dos oportunidades cruzó el charco para quedar radicado en
este medio. No tuvo en ambas ocasiones la oportunidad del éxito al
alcance de su mano. Distintos motivos influyeron para que ello no
ocurriese. Pero de todas formas se ganó el reconocimiento de una
afición, que a pesar de no considerarlo el fenómeno oriental, pudo
llegar a disfrutar de su estilo, su elegancia y su inteligencia, casi
como queriendo convertir la pista en un tablero de ajedrez.
Además logró el respeto de sus colegas que lo admiraron por
todo ello. Para culminar con el collar de virtudes, intento destacar
su inteligencia -valga la redundanciaaunada
a su innata picardía que ponía el
marco a sus faenas que como buen
uruguayo añoramos mucho.
Para cerrar este humilde recuerdo, un
deseo o mejor dicho un pedido, cuando
llegue la hora del final, correrme una fija
con la monta de Ever Washington
Perdomo.
Estoy seguro que la última, la
acierto...
El Gaucho con todo cariño, a quien fue su ídolo como jockey.

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